Dicen que hay lazos brillantes que no se ven, pero que el viento recuerda.
Hilos invisibles que entrelazan el tiempo y el cuerpo, que unen a quienes fueron una misma esencia. Aquí, allí, en otro tiempo, donde estaba la nada, se multiplicaron. Así es como al final esos hilos se convierten en almas perdidas, que iban buscando su sitio. Átomos que chocan y dan vida, convirtiéndose en pensamiento. Energías que divagan de un lado a otro, comenzando a tener sentido en éste cosmos, dando lugar al pensamiento y los sentidos. La fragilidad hace que las almas quieran unirse al cuerpo para tener fuerza, haciendo que la existencia actuara libremente, aprendiera a conquistar y amar. A través del amor, la vida comienza a dar sentido en este caos, y la fuerza naturaleza prende la llama para crear la existencia terrenal como la conocemos actualmente.
Cuando la tierra comienza a despertar, los átomos y moléculas se unen dando lugar a las diferentes estaciones. Las hojas caen sin miedo, después la fusión de la humedad y la frialdad hace que se acerque la temporada invernal. Luego comenzará la época del deshielo, y el paisaje se convertirá en aquello que hoy llamamos mundo, nuestra tierra. Las plantas comienzan a brotar, dando lugar a los primeros retoños de la primavera, y en tanto en cuanto sucede todo esto, damos paso al calor, el sol cubre de rayos los campos. Cíclicamente, la vida comienza a dar sus primeros pasos, comienza a tener sentido. Al final, cuando las almas consiguen conquistar la tierra juntándose a los cuerpos, esto da lugar a la civilización. Humanos, esos seres donde los corazones: se separan, se sueltan, pero algo profundo los llama de nuevo a unirse, a crecer juntos a encontrarse.
El viento lo sabe.
Por eso mueve las ramas, agita los rosales, murmura entre las sombras.
Porque cada soplo es un mensaje, cada corriente lleva un nombre que no se olvida.
No hay distancia cuando el alma aún reconoce el pulso del otro.
No hay final cuando el cordón que une sigue latiendo, invisible pero intacto.
Unidas por el cordón no es solo una historia.
Es el eco de una promesa,
el latido que permanece,
el susurro de lo que nunca se rompió.
Hay varias palabras que estarán siempre en esta historia la fuerza, la felicidad, la honestidad, el refugio, la resiliencia y el amor. A su vez, habrá voces que paralelamente reconocerás, porque entre ellas se encontrará el miedo, la ira, la alegría, el rencor, entre otras muchas. Sin ellas, no sería posible contar la historia, porque al fin y al cabo también son los sentimientos los que expresan todo ese conjunto llamado ser, generando plasticidad entre ellos.
Todo surgió por medio de un sueño, una esperanza que se hizo vida. La lucha de unos padres contra viento y marea y una hija que tiene mucho que contar, que a veces calla y otras encuentra su lugar. El sufrimiento es parte de su hilo conductor, pero como todo en esta vida tendrá sus luces y sombras, no habrá descanso. Por lo que habrá que coger aire en cada zancada que se dé, para resistir ante las tormentas que surjan.
A veces, querrás tirar la toalla. Pero esa no es precisamente la esencia de esta historia, esa no es la forma en que verás acabar esta historia, eso sería una derrota, entonces lo vamos a llamar resiliencia. Capacidad de afrontar las tempestades que te ofrece la vida, con vitalidad, ego y valentía. Sobrada experiencia entre unos altercados y otros, sabiduría adquirida en cada curva del destino y procesos curativos donde solo se veía sombras infinitas. Por eso a todo esto lo debemos llamar felicidad, porque no hay vida que no sufra, ni corazón que no sea lastimado. Sin todo ello, sería inútil vivir, pero si es cierto que no todos los seres viven lo mismo.
La resistencia al comienzo de la vida, no deja caer. La máscara de una niñez sin tregua, no dejara que entorpezca el desarrollo. La adolescencia un antes y un después. La vida adulta varias emociones se disparan, debido a una pandemia que paraliza el mundo y por supuesto la vida de mis personajes, de ahí que esta historia tenga en su totalidad un sentido común.
Por lo tanto, será una historia de familia, de almas y de giros inesperados, que jamás olvidarás. Espero que quede en la memoria y que consiga conquistar corazones y conectar vidas. También quisiera hervir la sangre y afianzar un gran lema que tarde o temprano nos tocará a todos, y es la cronificación de enfermedades que sin la investigación no son nada. Por lo que muchas familias pasamos es por el sueño de cruzar un puente que nos lleve a la cronificación y poder seguir cumpliendo sueños.
Al hilo de esta historia, debo un especial agradecimiento a todos aquellos que han creído en mí. Los que me han apoyado dándome consejos y contándome pequeñas historias que sucedieron y que de una forma filosófica y real intento plasmar. A mis padres, amigos y personas que me rodean y conocen.
Ellos dicen que soy un ser de luz, pero la luz me la dan ellos todos los días.
También tendré que agradecer a aquellos que en algún momento de mi vida no confiaron en mí. Dejaron que cayera. Pero supe resurgir entre mis cenizas y conseguir todo lo que me merecía. Ojalá, que ellos sean capaces de todo y que nunca haya alguien que no crea en ellos, porque entonces acabarán con su ego y querrán ser el ave fénix que yo he sido. No se lo deseo, pero lo positivo creo que me ayudó a crecer y madurar aún más de lo que era. Actualmente, comprendo donde está la credibilidad de todo, la madurez de cada uno y por su puesto la falta de ella, la localizo enseguida.
Una voz lejana que se encuentra suspendida en el aire, antes del nacimiento, observa la Tierra y duda entre nacer en este planeta o en otro, no sabe qué elegir y se pregunta una y mil veces si valdrá la pena pegar el salto o mejor cambiar el destino.
El miedo comenzaba a sentir que debía formar parte de esta historia, pero a su vez no quería hacer mal a nadie, pero era el miedo el que hacia jugar un destino u otro.
“Todavía no era cuerpo, pero ya sentía el miedo.”
El alma es el ente más perfecto creado; habita en los cielos invisibles.
Su origen es una fuerza latente que, al unirse con el cuerpo terrenal, despierta, se expande y se hace fuerte.
El cuerpo pertenece a la tierra: es simiente y abono, materia fértil para nueva forma de creación. La sustancia no tiene dueño; se transforma, se reinventa, es un todo fragmentado, capaz de gestar infinitas células en el gran núcleo del universo.
De la aparente nada, brotan el caos y la calma, la pena y la alegría, la maldad y la amistad. Surgen sentimientos que atraviesan las capas más profundas del mundo, desde el centro ardiente de la tierra hasta las alturas del cosmos.
El cielo se oscurece, ofrece calor, truena, llueve con suavidad o con furia, y después aclara, purificando lo invisible. Sin embargo, cuando el sol regresa, incluso las mentes más sombrías se engalanan para recibir la energía luminosa que todo lo renueva.
¿A qué llamamos vida?
A esa estructura invisible que, sin pedir permiso, da forma incluso a lo más imperfecto: el propio ser humano.
Capaz de todo y de nada.
De surcar mares y escalar montañas.
De guerrear y también de reconciliarse.
Nada tiene que ver con la realidad concebida por el todo.
Porque la realidad no es una idea lejana:
la realidad es la vida misma latiendo.
La muerte es, quizá, la huida de la imperfección.
Anhela la luz. Por eso, al final del simbólico túnel, muchos describen una claridad inmensa: una creación divina, potente y serena, soñada y, sin embargo, real.
Solo algunos dicen haberla visto.
Nace de una oscuridad profunda, de una paz incierta que primero desorienta y luego sana.
Porque la oscuridad puede tornarse infierno y caos;
pero también antesala de claridad, de magia y plenitud.
Nos enfrentamos a lo que siempre hemos anhelado.
Donde la lucha terrenal parece disolverse en algo más grande, más completo.
Tal vez el mal concluya en un final encantado,
contemplando la perfección jamás comprendida,
pero sentida —al fin— al término de nuestra existencia.
Aquí mi alma despertó y creció, comprendió que el final no es la luz, sino que ella misma se encuentra dentro del alma y el cuerpo la acoge brillando.